domingo, 6 de noviembre de 2011
Pequeño vaivén de gilipolleces varias
Era un día oscuro, a la par que triste y frío. En la calle bailaban las hojas en el viento y un pequeño perro hacía sus necesidades en la acera de enfrente. Todo era silencio, tan sólo se oía el chispear de la madera siendo calcinada por el fuego en el fondo de la chimenea. Yo vagaba a veces círculos, a veces en línea recta, por el área donde el calor era más intenso de la habitación. En un ir y venir de ideas fabricadas al azar en mi mente, me vino un pensamiento indeseado. Era el futuro, que a veces a mí tanto me importa. Pensaba en una anciana sentada frente a la chimenea junto a un hombre de rostro poco más arrugado y periódico en la mano. No logré identificar la cara del anciano, si es que le conozco. Otra vaga escena también hizo presencia en mi mente. Esta vez era una mujer madura, unos 45 años aproximadamente. Parecía coqueta y entre sus labios rojos habitaba una copa de vino tinto manchada con carmín. Esta mujer parecía feliz, aunque algo en su mirada la delataba. Como cuando ves a una persona después de llorar, ese reflejo de la tristeza estaba presente en sus ojos, pero tan sólo en sus ojos. Imágenes del estilo desbordaban en mi mente hasta que en un momento frágil, me digné a girar la cara hacia la derecha. El fuego se había consumido por completo y la madera no había sido calcinada del todo. Entonces comprendí que detrás de cada imagen, no existía ninguna realidad completa. Que detrás de todo aquello sólo había posibles referencias o imágenes ya vistas por mí anteriormente y que podían ser fruto de mi deseo. Todo ello provenía del miedo, un miedo absurdo al futuro lejano. Sólo así, deambulando frente a la chimenea, comprendí que lo único que debía temer era al presente, que ya es suficiente.
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